Azmi Bishara, diputado árabe en el Knesset
Azmi Bishara es diputado árabe en el Knesset
(Parlamento israelí) desde 1996. Es también el
fundador del partido de izquierda Balad (Alianza
democrática nacional) que preside. Y ahora en el
2007, se le quiere volver a quitar la inmunidad
parlamentaria para así juzgarle nuevamente, tal y
como ya sucedió en el 2002.
Las vicisitudes por las que atraviesa Azmi Bishara,
son la clara muestra de lo que es el estado de
Israel. Estado que por cierto nunca debió de haberse
creado, al menos no como fue creado.
Por otro lado, hay otra constatación que evidencia el error cometido al crearse el
estado de Israel. Y esa constatación no es otra que, en estudios de opinión hechos
recientemente, nada menos que el 60% de los jóvenes judíos de Israel, abogan por
la expulsión de los árabes-israelíes. Sin duda alguna, es un dato que, refleja
claramente el nefasto proceder de los judíos-israelíes.
Azmi Bishara es un conocido diputado israelí, que representa a la minoría árabe de
Israel, frecuentemente ignorada. Lejos de Medio Oriente, referirse al pueblo
palestino es hacerlo a los habitantes de los territorios ocupados o, como mucho, a
los millones de expatriados, repartidos por medio mundo. Una quinta parte de los
ciudadanos israelíes son, sin embargo, de origen palestino, hablan en árabe, oran
en dirección a La Meca, y mantienen lazos familiares en Gaza, Cisjordania y en el
exilio. Tanto Ariel Sharon en su momento, como la mayoría de dirigentes de Israel
de ahora y siempre, desconfían de ellos, al ser considerados como una quinta
columna. El juicio que se celebró el 27 de febrero del 2002, contra su líder Azmi
Bishara en Nazaret demuestra que, tras décadas de desprecio, o cuanto menos
olvidados al ostracismo, les hizo ver la necesidad de que los palestinos-israelíes
han de prescindir de intermediarios, plantar cara al sistema imperante en el estado
de Israel, del cual forman parte por mucho que pese a aquellos que les quisieran
fuera de Israel.
Azmi Bishara es uno de los escasos parlamentarios israelíes no judío. En efecto,
aunque laico confeso, es árabe de nacimiento, cultura y vocación. Nació en
Nazaret, una ciudad de resonancias bíblicas, nacionalidad israelí y mayoría
palestina. Su vida, como la de sus conciudadanos árabes de nacionalidad israelí,
ha sido una continua lucha contra la marginación. Desde muy joven, Bishara
participó en la reclamación de toda una serie de derechos que, en cualquier otro
lugar del mundo, nadie se atrevería a negar.
Quizás por eso, Bishara se terminó exiliando durante algún tiempo. Marchó a
Alemania, a la prestigiosísima Universidad Humboldt, de Berlín y allí, en plenos
núcleo de la guerra fría, y del bloque soviético, obtuvo un doctorado en
filosofía. Su exquisita formación le permitió articular un discurso propio a mitad de
camino entre el viejo nacionalismo árabe de corte nasseriano1 y un posmarxismo
de tintes socialdemócratas. En suma, nada de integrismos y mucho menos
religiosos.
Regresó a su país cargado de nuevos bríos y aspiraciones y fundó un partido
político que, hasta la fecha, sigue presidiendo, la Asamblea Nacional Democrática
(AND). Su carrera fue fulgurante, en las elecciones de 1996 obtuvo un escaño en
la Knesset (parlamento israelí) y en 1999 fue el primer candidato no judío al cargo
de primer ministro, un acto puramente testimonial, reivindicativo. En Israel, sin
embargo, la mayoría judía no le perdonó ni esa afrenta ni el descaro moral con el
que Bishara suele encarar tanto a la prensa como a la clase política del que, guste
o no, sigue siendo su país.
Desde su elección como diputado de la Knesset, Bishara ha tratado de convertirse
en algo más que la voz de los palestinos de nacionalidad israelí, ha pretendido ser
un punto de referencia y apoyo para los desposeídos. No sólo ha justificado la
rebelión de los palestinos frente a la violencia cotidiana que dentro y fuera de
Israel padece su pueblo, sino que, además, ha batallado por la reunificación
familiar de personas que como consecuencia del conflicto llevan más de 50 años
separadas de sus seres queridos. Por eso, desde hace un lustro, Bishara viene
organizando excursiones de palestinos de nacionalidad israelí a campos de
refugiados de la vecina Siria.
Hasta entonces, el gobierno de Jerusalén había hecho de la vista gorda. Con
Sharon en el poder, sin embargo, las cosas cambiaron, y el 7 de septiembre del
2001, Elyakim Rubinstein, el procurador general israelí y asesor jurídico del primer
ministro, presentó un suplicatorio ante la Knesset en el que pedía a los diputados
que suspendieran la inmunidad parlamentaria de Azmi Bishara para emprender dos
juicios en su contra: uno por instigación a la violencia (como consecuencia de la
ya citada justificación de la rebeldía palestina) y otro por violación de la llamada
Ley de prevención del terror (a raíz de los reagrupamientos familiares que Bishara
organizaba entre palestinos en Siria).
El parlamento israelí, obviamente, accedió gustoso a los deseos de Rubinstein y
la maquinaria judicial se puso en marcha. Era la primera vez en la historia de Israel
que la Knesset se ha plegado a algo semejante. Desde entonces, una ola de
solidaridad internacional se ha puesto en marcha, y se crearon comités de apoyo
a Bishara para presionar a sus propios gobiernos, o directamente a Tel Aviv, para
que pusiera fin a lo que, a la luz de muchas opiniones, constituye un
enjuiciamiento irregular que podía dar lugar a la existencia del primer preso de
conciencia israelí.
Desde Tel Aviv, sin embargo, se hicieron oídos sordos. Y el 27 de febrero del
2002, comenzó, en la ciudad de Nazaret, uno de los dos juicios previstos contra
Azmi Bishara y dos de sus asesores parlamentarios. A los encausados se les
imputó la violación de uno de los apartados de la Ley de prevención del terror,
que data de 1948 y establece la prohibición para todo ciudadano israelí de viajar a
una serie de países, entre los que se encuentran los vecinos Egipto, Jordania y
Siria que, se consideran enemigos de Israel.
La defensa de Bishara se empleó a fondo, en primer lugar argumentó que, debido
a que la mencionada Ley de prevención del terror prevé explícitamente que no
puede ser aplicada a aquellos ciudadanos israelíes en posesión de un pasaporte
de servicio (y los acusados lo tenían debido a su labor parlamentaria), el
levantamiento de su inmunidad en general y su enjuiciamiento en particular,
debían ser considerados ilegales. Por si eso fuera poco, siempre según la
defensa, aún en el caso de que el tribunal no aceptara dicho argumento, había
una circunstancia incontestable, los ciudadanos israelíes viajan frecuentemente
a países enemigos, y ningún tribunal les encausa por eso. Si además se tiene en
cuenta que los viajes de Bishara se realizaron por motivos humanitarios se podrá
constatar que se trataba, antes que de nada, de un juicio político.
Y ahora, en el 2007, de nuevo se pretende desposeer de la inmunidad
parlamentaria al diputado Bishara, y así volverle a encausar en un proceso
judicial, con el pretexto, de que recientemente se ha desplazado a Siria y Líbano,
donde mantuvo contactos con dirigentes sirios y miembros de Hesbola
respectivamente, con la finalidad de analizar la situación del proceso de paz. No
obstante, se considera que el verdadero motivo, por el cual se le quiere desposeer
de la inmunidad parlamentaria, y ser enjuiciado, es por sus reiteradas referencias
a que en Israel no se goza de un sistema verdaderamente democrático, así como
por el hecho de abogar por un estado laico, desvinculándolo de las religiones, lo
cual por consiguientes, supondría tener a la religión judía simplemente como lo
que es, una religión sin más. La cual cosa, se ve como un ataque directo a los
fundamentos del estado de Israel.
Al parecer, en estos momentos, y a la espera de acontecimientos, el diputado
israelí Azmi Bishara, permanecería en paradero desconocido, no descartando el
que se volviese a exiliar, si le vuelven a desposeer de la inmunidad parlamentaria
para juzgarle de nuevo.
El riesgo del efecto búmerang al que se enfrenta el gobierno israelí en este caso
es muy alto. Quizás un elemento que puede explicar la tozudez de Tel Aviv en el
asunto Bishara es que, más allá de su figura, está ante una minoría de riesgo. Los
palestinos de nacionalidad israelí constituyen una quinta parte de la población
total del Estado de Israel. Por si eso fuera poco, su importancia demográfica va
en aumento, se calcula que hacia 2015 llegarán a equipararse a la población de
los territorios ocupados y que hacia mediados de siglo llegarán a ser ni más ni
menos que la mitad del propio Israel. Como es obvio, esa perspectiva le aterroriza
a un Estado que sigue manejando una concepción étnico-religiosa de la
ciudadanía. No es casual, por consiguiente, que los pacíficos palestinos de
nacionalidad israelí estén sometidos a un estado de sitio permanente que, al
menos desde 1967, es justificado jurídicamente debido al mantenimiento de una
administración militar por supuestos motivos de seguridad.
En la actualmente, prácticamente el único derecho con el que cuentan es con el
del voto. Todo lo demás es irrisorio. Existen comunidades enteras que,
literalmente, ni aparecen en el mapa. Pueblos que, por demás, suelen ser más
antiguos y grandes que las colonias israelíes que, en una estrategia premeditada
de presión, fueron fundadas a lo largo de las últimas décadas alrededor de los
mismos. Pueblos que, pese a ser parte integrante de Israel, no reciben ni un solo
dólar del Estado. Pueblos que, como consecuencia de ello, carecen de los mínimos
servicios públicos y sociales como el asfaltado, el alcantarillado, el alumbrado, la
electrificación, la gasificación, la escolarización y la hospitalización. Pueblos que,
en definitiva, se han convertido en villas de miseria que constantemente
proporcionan a los judíos de Israel mano de obra barata.
Hace algunos meses, en un artículo, Azmi Bishara comparaba el ominoso
Apartheid sudafricano con el que, de facto, le está tocando padecer a su
pueblo. Enumeraba, para empezar, algunas de las características del sistema de
segregación racial que se vivió en Sudáfrica entre 1948 y 1989 (como la existencia
de un proyecto colonial separado del colonialismo inicial, la asunción del pueblo
colonial como superior a la población local preexistente, la articulación de un
sistema legal basado en la segregación racial, el control de los medios de
producción por parte de la raza superior, o la justificación política y religiosa, por
parte de las elites, de la situación creada), y llegaba a la conclusión de que
prácticamente todas ellas se dan en el Israel contemporáneo.
Se trata de un Estado en el que la violencia suele adoptar una forma represiva y,
por consiguiente, ser ejercida por parte los aparatos policiales y militares israelíes
contra sus propios compatriotas. De hecho, cuando se habla de violencia, suele
olvidarse con sospechosa frecuencia que la minoría árabe de Israel no sólo se
encuentra lejos de ejercerla, sino que, además, suele mostrarse propicia a apoyar
cualquier atisbo de solución negociada al conflicto de Medio Oriente. Si, contra
lo que suele ser habitual, en las elecciones israelíes, los palestinos se abstienen
masivamente de votar es porque en estos momentos no existe, por parte de la
mayoría judía, una voluntad real de poner fin a un conflicto que dura demasiado
tiempo. El baño de sangre y la incursión israelí en Ramallah y la franja de Gaza una
y otra vez, son evidentes y amarga prueba de ello.

argentino agustin gomez dijo
Estensa nota y para mi, reiterativa, sinteticamente, yo apoyo a los is-
rraelitas, religiosos o no, por que no hacen otra cosa que defenderse
como lo harìa y hace cualquier paìs atacado, y esto lamentablemente se
remonta a 2.000 años, nada màs, me pregunto: los palestinos quieren la
paz ?, siempre estuvo y està al alcance, sòlo que no hay que sabotearla,
no soy judìo, leo mucho, tambièn la Shoa y el holocausto, ver el porcen-
taje de premios NOBEL de unos y otros, solamente es un indicio, un abra
zo, atte.-
25 Abril 2007 | 04:19 PM